SEMANA SANTA DESDE SAN JOSÉ

CELEBRAR, ALABAR, AGRADECER EL TRIUNFO DE JESÚS

Cristóbal García (B99), oblato, San José: “Por alguna misteriosa razón todas las Semanas Santas aunque parezcan que son iguales, deberían ser distintas, ésta, tal vez por un virus -o por un don- también lo fue. No llegó nadie, tampoco salimos, no nos llegó nada de lo que pedimos. Nos mantuvimos todos dentro de los límites de nuestro claustro, y así fue como esta Semana Santa, con sus actividades y preparativos, “echó a andar”. Fue un verdadero regalo haber podido celebrarla juntos en comunidad, Y acá nos imaginábamos que de alguna manera éramos el coro que sostenía todos los demás coros que, en el mundo, por prescripciones sanitarias, no pudieron reunirse y tuvieron que hacerlo de manera virtual.  Las cosas tuvimos que sacarlas entre nosotros, tomando en cuenta que, en nuestra pequeñez y precariedad, la misericordia siempre activa del Señor no deja de fluir y de llenarnos con su superabundancia. El Cirio Pascual, hecho en el monasterio, quedó precioso: bajo la cruz, las clavas, el alfa y la omega estaba pintado un enorme pavo real que con los múltiples ojos de sus plumas nos simbolizaban, la omnipresencia de Dios, que desde lo alto, desde su cruz gloriosa y bendita, mira y miró todo lo nos fue pasando. Todo fue preparado con muchísimo cariño, las charlas, los trabajos, las catequesis de los días jueves, viernes y sábado, me mostraron a un Dios que realmente se abaja, que se hace como yo, que lleno de amor viene a salvarme, a clavar toda mi tontera y lo que me resulta desarmonía en su cruz y desde ahí darme más y más amor. San Benito nos dice que esperemos con el anhelo del espíritu la Santa Pascua. Yo no sé si los jóvenes que vinieron por cuatro meses lo entienden tan así, pero para mí fueron un inmenso testimonio de ansiedad espiritual, de servicio, de entusiasmo, de querer vivir la Vida, de que no se les pase nada, ningún signo, ninguna actividad y que no sea otro el que viva esta Pascua por ellos. El miércoles en la tarde empezaron las “liturgias”, en unas vísperas generales de inicio se nos motivó a abrir los dinteles, abrir las puertas de nuestro interior a lo que estaba por pasar, a ser nosotros ese “tal fulano” por donde Jesucristo quería Pasar y celebrar su Pascua. En nuestro corazón, en nuestro monasterio. La celebración por casa del lavatorio de pies tampoco la hicimos. Es que en la Liturgia de la Cena del Señor el jueves en la tarde, en el lavatorio de los pies, todos nos lavamos unos a otros, haciendo con los demás lo que Cristo hizo por nosotros y llevando a la gran celebración del Triduo todas nuestras muestras de amor y servicio por los demás. Más tarde en el huerto de los olivos, la lluvia y las nubes dejaron de esconder esa hermosa y gigantesca luna llena que fue testigo del canto a lo divino y nos alumbró el “mi alma está triste”. Hace muchos años que no teníamos Adoración a la Cruz acá en San José. La providencia nos volvió a sorprender. El Puesto San Agustín, nuestro Templo para las celebraciones, se llenó de cantos, improperios y aclamaciones, y entre todos pudimos besar una tosca cruz de lenga, todo lo que es resucitado por el Señor, “que es nuestra única esperanza”. En la tarde, el sendero que lleva al Cerro de la Cruz, se volvió nuestro vía crucis, en la oscuridad de la noche fuimos subiendo por las estaciones hasta llegar a la última, la gran cruz que se iluminó cuando llegamos arriba y rezamos las completas. Y así fue como el viento y el frío callaron, enmudecieron para que nuestro Cirio Pascual, aunque tras varios intentos de encendido, recorriera la alameda que lleva la Puesto San Agustín para celebrar la Gran Vigilia Pascual, el punto central y más fuerte de toda la semana Santa, las campanas, los cantos, el gloria, los ángeles, cada uno de los aleluyas rompieron para mí y para todos los demás de mi decanía las barreras del tiempo y del espacio para celebrar, alabar, agradecer el triunfo de Jesús, su luz que brilla fuerte en lo que todavía miro como tinieblas, pero que ya veo como se disipan, para dar paso al primer día de la semana. “Aleluya, Aleluya, Aleluya. ¡Es verdad el Señor ha resucitado!”