A un año de la Pascua del Padre Gabriel Guarda Geywitz, OSB

¿POR QUÉ VAS A ALIMENTAR EL CUERPO, SI NO VAS A ALIMENTAR EL ESPÍRITU?

De una entrevista a José Manuel Eguiguren, Responsable del Movimiento.

 “A diferencia de lo que nosotros podríamos creer, es el Espíritu quien lleva al discípulo (acompañado) hacia un maestro (acompañante) y no el maestro quien busca al discípulo. Creo que esto está en la génesis del acompañamiento y que sucede cuando alguien anda buscando un destino y encuentra a un anciano para ponerse bajo su orientación y encontrar la Verdad, a Jesucristo, a Dios. Yo creo que el Espíritu me llevó donde el Padre Gabriel y no a otra parte o con otra persona, pero esta experiencia también ocurre de manera parecida en otras religiones. En el caso mío y del Padre Gabriel, él no era un anciano, ya que tenía 45 años, pero sí podemos llamarlo un anciano espiritual, como lo escribe san Benito en la Regla (cf RB 4,50; 63)… Él me dio una acogida enorme, en todo sentido, dedicándome horas, días, años, y donde nunca sentí presión, ni siquiera en la vida sacramental, sino que juntos escuchábamos lecturas que él leía o que me hacía leer a mí durante la conversación”.

“Recuerdo que lo único que me impuso el Padre Gabriel, que por lo demás fue un consejo y una vez que ya llevábamos un buen tiempo, fue leer todos los días al menos un versículo del Evangelio. Me dijo “pero si no lo lees no comas, ¿por qué vas a alimentar el cuerpo si no vas a alimentar el espíritu? Y ese consejo me ayudó en momentos en que también se había debilitado mi oración y sigue siéndome útil y es un consejo que habitualmente doy a otros. Creo sinceramente que en el Evangelio está todo y si uno quiere ver las últimas noticias, lo mejor es leer cada día un trozo.

”Durante el acompañamiento el Padre Gabriel no compartía mucho sobre su vida, pero sí me transmitía su experiencia con la Palabra de Dios. No contaba detalles de su vida, pero sí me contaba experiencias de vida que él había tenido con la Palabra. Quizás en otras circunstancias o para otra persona ni siquiera serían una experiencia de vida, pero él nunca se vendía a sí mismo contando historias. Lo que yo recibía era, en el fondo, su experiencia de lectio, porque las lecturas que le venían a la mente y que leíamos eran evidentemente lecturas que él había experimentado o estaba experimentando. Cuando conversábamos sobre sus cosas personales siempre era fuera del acompañamiento”.

 

Publicado en el Cuaderno Monástico, Nº 218-219