ADVIENTO: Semana I

Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos. Y todos verán la salvación de Dios” (Lc 3, 4b-6), es la invitación de Juan Bautista para este tiempo de Adviento y es a lo que nos llama la Iglesia por medio de la liturgia, los signos, las lecturas; a ver, a reconocer al Señor que
nos salva, nos libera, que cumple en cada uno de nosotros su promesa de salvación.
La liturgia con sus signos nos ayuda a mantenernos en vela, a no dormirnos, pues hacen sensible esta espera: en las misas en este tiempo, ya no proclamamos el Gloria; los ornamentos del altar y las vestiduras son de color morado, que al igual que en Cuaresma nos llaman a la conversión; la corona de Adviento nos guía en este camino de conversión, la luz de cada una de las cuatro velas nos recuerda a Cristo que vence la oscuridad: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12), que unidos a Jesús,
también somos luz.
Nos ayuda la Liturgia de las Horas que con sus antífonas y lecturas nos va alertando día a día: “Al rey que viene, al Señor que se acerca, venid, adorémosle”; avisándonos: “guardad el derecho, practicad la justicia, que mi salvación está para llegar” (Liturgia de las Horas, tomo I). Las lecturas nos mantienen
atentos y vigilantes a la manifestación del Señor en nuestra vida,
a una actitud de conversión; los profetas nos anuncian la venida del Mesías y el reinado de Dios. Los
salmos cantan la salvación de Dios que viene. Las cartas apostólicas, nos despiertan al cumplimiento
de las profecías acerca del Mesías mediante el nacimiento de Cristo.
Tiempo que nos anima a vivir en una constante metanoia, a dar “una nueva dirección a vuestra mente, disponedla para percibir la presencia de Dios en el mundo, cambiad vuestro modo de pensar, considerar que Dios se hará presente en el mundo en vosotros y por vosotros. Ni siquiera Juan el Bautista se eximió del difícil acontecimiento de transformar su pensamiento, del deber de convertirse.
¡Cuán cierto es que éste es también el destino del sacerdote y de cada cristiano que anuncia a Cristo, al que conocemos y no conocemos!” (Joseph Raztinger, El sentido del Adviento, noviembre 2004).
Tiempo que nos llama a cambiar constantemente los pensamientos: tiempo de combate, de pasar del mundo visible a lo invisible, a lo verdadero, a vencer la ilusión de lo visible; tiempo de ver la luz allí donde se ve la oscuridad; de dejarnos guiar por la Palabra y dar así una nueva dirección a nuestra mente.
Estas semanas de Adviento son un tiempo para vivir vigilantes, atentos a la vida de Cristo en nosotros,
despiertos a su Palabra que se manifiesta y hace su historia, contemplando y afianzando en nosotros
la certeza que Dios cumple su promesa, pues saldrá “un renuevo del tronco de Jesé, la gloria del Señor
llenará toda la tierra y contemplarán toda la salvación de Dios” (Liturgia de las Horas, tomo I).