Don Segundo Hermosilla

Recuerda el tiempo cuando no había liebres en Aysén, y los años en que sólo contaban con el hacha para construir las casas de canoga. Conoció Puerto Tranquilo como una gran coigüería, y vio cómo surgía la villa de Mallín Grande en un terreno que él mismo donó. Residente incluso de la isla Masía, Don Segundo ha sido testigo y protagonista de la colonización e historia de estas tierras. A sus 100 años continúa picando leña y relatando lo que ha sido su vida en esta región.

 

Todos lo conocen como “Don Segundo”, pero su verdadero nombre es Bernardo, igual que su padre. Tenía 11 años cuando llegó a Mallín Grande, corría el año 1931. Como muchos otros pioneros, sus padres se trasladaron desde el centro-sur del país -en este caso de Valdivia- buscando tierras y mejores oportunidades de vida y trabajo. Nos cuenta: “Cuando entramos, este campo lo ocupaba un hombre Avilés, de Las Llaves para acá era de él. Ellos trajeron a un gringo para que les hiciera un galpón y una casita de canoga -a pura hacha, no había ninguna otra cosa-. Le ofrecieron $1.000, pero nunca se los pagaron. Un día mi padre se encontró con el gringo, y como andaba con ese dinero le pagó la deuda de los Avilés. Así llegamos a vivir acá.”

Estudió en la escuela de Chile Chico con la profesora Luisa Rabanal Palma, primera docente del pueblo y en honor a la cual fue bautizado el Liceo del lugar. A pesar de que fue un alumno aventajado, sobre todo en matemáticas, tuvo que volver a Mallín para ayudar a su familia a establecerse. Fue criado en el campo, y desde pequeño le enseñaron todo lo necesario para sobrevivir y trabajar en él. Cuando llegaron a Mallín, en el lugar no existía un pueblo ni nada que se le pareciera, sino sólo grandes extensiones de terreno donde pastaban animales, en su gran mayoría “ariscos”. Aprendió a trabajar con ellos gracias a las enseñanzas de su padre: “Cuando llegamos aquí había una yunta de novillos, ariscos famosos, había uno que era el más famoso, y lo agarramos con mi papá. Lo compraron unos viejitos Aguilares, y mi papá se los llevó con su caballo -Tronco se llamaba-, cortito de soga para dominarlo. Siempre nos buscaban para trasladar animales ariscos, porque teníamos animales bien adiestrados. Cuando muchacho me mandaban a soltar algunos animales atados, ahí se les colgaba un palo más o menos de metro y medio, y se le colgaba en el cogote. Con eso se acobardaban, se iban pegando en las manos adelante y no salían disparados, con eso uno podía arrearlos para cualquier parte.”

Pasaba la temporada de verano trabajando en Argentina, para volver en mayo a su casa, y ayudar a su padre. Este sistema era repetido por muchos en la zona ya que, como cuenta Don Segundo: “Aquí había trabajo, pero no había plata, nos pagaban con vacas, pero no había a quien vendérselas. En Argentina ganaba plata, pasaba a comprar los víveres para el año a Chile Chico y dejaba encargado que me los mandaran en el barco Andes.” Dicha embarcación llegó desde Punta Arenas, y fue de los primeros barcos que llegaron al Lago. Era de un inglés que, según recuerda: “andaba con toda la familia en el barco, tenía puras hijas mujeres que eran las marineras”. Gracias a Manuel Aguilar aprendió él también a navegar, “el viejito Manuel me enseño todo de navegación, él había sido marino en el mar en Chiloé, me enseñó cómo enfrentar las olas y defenderme del lago (…) un día fuimos al Mármol con la chalana, nos metimos por dentro de los huecos y las piedras. Andábamos trayendo la lona así que levantamos vela con ella. Arriba tenía una casillita, él se subió a mirar de arriba y me daba instrucciones por un tubo, “más andar” por ejemplo, cuando quería más vela.”

Ha vivido innumerables aventuras, pero la que más recuerda es haber caminado por Bahía Exploradores hacia el mar, realizando un paso que todos decían imposible. “Me parece que fue el ‘50 que partimos con mi cuñado. No fuimos por necesidad, sino por aventureros, porque queríamos conocer. Salimos de a pie, y anduvimos una semana. Llegamos donde nace el rio León, ahí mate un caiquen –especio de ganso– y alojamos en una cueva de piedra. Cruzamos por debajo de la nieve, por un arroyito e hicimos fuego en una casita de canoga. Fui a mirar a la pampa de nieve, y le dije a mi cuñado que sí íbamos a pasar, aunque decían que no se podía.” Luego de una larga travesía llegaron al mar: “Estuvimos en el mar, en un lugar ‘ancho como casa’. Cuando bajó el mar ahí quedó el sargazo, venían choros, cholgas, empecé a desgranar y ¡salió cuanta cosa! En un ratito saque dos sacos de mariscos que trajimos para afuera bajando por el río Exploradores en una chalana que había dejado escondida una de las exploraciones de Augusto Groce.”

Don Segundo lleva 90 años viviendo en Mallín, donó parte del terreno donde hoy se asienta la Villa, gracias a lo cual pudo instalarse una escuela y una posta. Ha sido testigo de los cambios que ha traído la modernización y la Carretera Austral, y de cómo la vida ha cambiado producto de la emigración de la población más joven. Está casado con la señora Nelly Berrocal, con quien tuvo 13 hijos, de los cuales hoy viven 10. A ellos les ha transmitido el amor por estas tierras y la importancia del trabajo, para que, como él, se esfuercen por continuar colonizando los parajes que él viera por primera vez hace ya cerca de 100 años.