LA ACOGIDA PATAGONA

En San José nos toca recibir a mucha gente que viene de visita o a hacer algún retiro con nosotros. El cómo recibimos a esas personas es algo que toca lo más profundo de nuestra identidad y la misión misma de nuestro monasterio. Por un lado la espiritualidad benedictina y el capítulo de la Regla sobre la acogida, nos dan una clave: tratar al huésped como si Cristo mismo se presentara ante nuestra puerta. Por otro lado vivimos insertos en una cultura que tiene como fundamento la acogida. Es muchísimo lo que podemos aprender de nuestros vecinos, del hombre  y de la mujer patagona y de cómo se reciben unos a otros en sus casas. Cómo nos reciben a nosotros y a cada joven que golpea su puerta, haciéndonos sentir únicos y queridos. También nos llama la atención y nos conmueve ver cómo se visitan entre ellos, hospedando a amigos y vecinos, cercanos y lejanos, conocidos y desconocidos. La ayuda que se brindan los vecinos campesinos en faenas cómo la esquila o las señaladas, en que se juntan todos en un campo, acogiéndose mutuamente y ayudándose gratuitamente en los trabajos que requieren de mucha gente, tradición posiblemente heredada de sus ancestros chilotes, es algo que a nosotros nos va ayudando a afinar nuestra mirada para poder nosotros también acogernos mutuamente como el Señor nos manda y como la gente de la Región de Aysén lo hace.

Es un verdadero honor el entrar a una casa y ser bienvenidos con un mate, que en palabras de Félix Elías, uno de los fundadores de Puerto Guadal, es: “la máxima expresión de la hospitalidad”[1], con sus gestos y ritos en los que el anfitrión nos manifiesta su acogida con lo que él tiene: el mate, y que nosotros, al aceptarlo, aceptamos también lo que tiene para darnos: su cariño, su acogida y su amistad.

“Es costumbre en la Patagonia, tanto en el lado chileno como en el lado argentino, que por necesidad tenga que buscar alojamiento, pueda penetrar a alguna construcción, aunque esté deshabitada. Sabe que allí encontrará leña seca y fósforos para encender fuego, carne y pan colgado del techo con alambres, para resguardarlo de los roedores. Igualmente encontrará un mate con bombilla y yerba mate. Se puede ocupar lo que hay, pero exige la tradición y el honor que antes de continuar su viaje, si es que no ha llegado el ocupante, se sacrifique un cordero para dejar carne en devolución, además de leña seca, yerba mate y fósforos. Cuando el viento, lluvia u oscuridad, se llega a uno der estos puestos, se aplaude este gesto de hospitalidad y se cumple religiosamente con la tradición de reponer lo consumido”.[2]

 

 

 

 

 

 

[1] Félix Elías P, Acuarelas del Baker, 1997. P. 59

[2] José Barattini V., Fragmentos de la historia de Aysén, 2013. P. 293. En Rodolfo Stange O., El arreo detrás de los glaciares, Ed. Imprenta de Carabineros, 1977. P. 180