La jineteada

Para muchos, las jineteadas son una costumbre que llegó desde Argentina, pero que de a poco se ha ido metiendo en las fiestas y celebraciones camperas de Aysén. Si bien es cierto que no es una tradición netamente chilena, sí es gaucha, y todos quienes asisten o participan de ellas las disfrutan como si fueran propias.

Leonel Galindo explica: La jineteada es una de las etapas en el proceso de domar un potro. Consiste en montar el animal en pelo o con montura, soportando sus saltos, patadas al aire y brincos. En este espectáculo concurren hombres jóvenes y maduros que actúan como espectadores y auxiliares del jinete. (…) el jinete, por naturaleza es más acróbata que amansador, de donde se deduce que, gracias a la habilidad que demuestra, poco Ie interesa que el animal sea o no totalmente manso. Mientras el jinete y el potro realizan su duelo mano a mano, otros hombres a caballo los rodean, auxiliando al primero para evitar que el segundo se dirija hacia los cercos. A los acompañantes se les denomina apadrinadores. Esta actividad se realiza en un corral o a campo abierto. Los niños, las mujeres y otros hombres que observan, vitorean y animan al jinete con expresiones tales como: ¡Leña, leña, leña, iNo e aflojes!; «A La viuda y a los trapos del finado», expresión que refleja muy bien el peligro que encierra esta osadía. Un buen jinete rebenquea (da azotes con el rebenque en las ancas, paletas y cabeza del potro), y hace correr las espuelas por las paletas y los codillos, sin hacerlo sangrar[1].

Para hacernos una imagen más real de que lo que es una jineteada, transcribimos un extracto de Don Segundo Sombras, libro escrito por Ricardo Güirarles que cuenta las hazañas y vida de un gaucho argentino. En este caso, Don Segundo enseña a discípulo a jinetear:

– Güen día, Don Segundo
– Güen día muchacho. Te estaba esperando pa hablarte.
– Diga, Don.
– ¿Vah’ volver a ensillar tu potrillo?
– ¿Y de no?
– Güeno. Yo te vi’a  ayudar pa que no andés sirviendo de divirsión ‘e la gente. Aquí naides nos va a ver y vah’hacer lo que yo te mande.
– Cómo no, Don Segundo.

De los tientos de su encimera lo vi a sacar el lazo. Luego tomó mi bozal, revisó el cabestro, que era fuerte y me ordenó que lo siguiera.
En la luz incierta de la madrugada llovedora, se dirigió hacia mi cebrunito haciendo la armada. El petizo medio dormido, no tuvo tiempo para escapar. El lazo se ciñó en lo alto del cogote y Don Segundo, sin darse siquiera la pena de “echarse en verijas”, contuvo a su presa.
– Andá arrimando tu recao.

Cuando volví, encontré ya a mi potrillo sujeto a un poste, por tres vueltas de cabriesto y enriedado.
Con paciencia Don Segundo, fue colocando bajeras, bastos y cincha. Cuando tiró el correón, el potrillo quiso debatirse pero era ya tarde. Lo cojinillos completaron rápidamente la ensillada.
Asombrado miraba yo el dominio de aquel hombre, que trataba a mi petiso, como a un cordero guacho.
Mientras apretaba el cinchón y desataba el cebrunito de poste, trayéndolo al medio de la playa, Don Segundo me aleccionó:

– El hombre no debe ser sonso. De la gente jineta que nos ves aura, muchos han sido chapetones y han aprendido a juerza de malicia. En cuanto subás, charquia nomás sin asco, que yo no vi’a andar contando y no le aflojés hasta que no te sintás bien seguro. ¿Me hah’ entendido?
– Ahá
– Güeno

El caballo de Don Segundo estaba  a dos pasos, pronto para apadrinarme. Antes de subir miré en torno, pues a pesar de los consejos del hombre que entre todos merecía mi respeto, me hubiera molestado que otros me pillaran trampeando.
Tranquilizado por mi inspección, subí cautelosamente, no sin que me temblaran un poco las piernas. Ni bien estuve sentado, el dolor de las ingles y los muslos, se me hizo casi insoportable; pero era mal momento para ceder y me acomodé lo mejor posible.
– No lo mováh’a ver si me da tiempo pa subir.

Como si hubiera entendido, el petiso quedo tranquilo hasta que mi padrino estuvo a mi lado.
Don Segundo, alzó el Rebenque. El petiso levantó la cabeza y echó a correr sin más defensa. Alrededor de la playa dimos una gran vuelta. Poco a poco me fui envalentonandoy acodillé al petiso buscando la bellaqueada. Dos o tres corcovos largos respondieron a mi invitación; los resistí sin apelar al recurso indicado.
– Ya está manso – dije.
– No lo busqués – contestó simplemente Don Segundo, a quien mi maniobra no había escapado. Y colocándose alternativamente a uno y otro lado, me llevó hasta el lugar en que los demás troperos estaban desayunándose, con unos mates, a orillas del camino-. Nos recibieron con gritos y aplausos.

 

 

[1] Galindo Oyarce Leonel, Aysén, voces y costumbres, Editorial Orígenes.