LOS VELORIOS

La manera de enfrentar y vivir el proceso de muerte es una característica cultural, en donde los diferentes pueblos y civilizaciones muestran su visión de vida, creencias e idiosincrasia. A través de los funerales y velorios las personas expresan parte de lo que son y creen, y así, construyen y muestran un fragmento de su cultura.

En el caso de Aysén de principios de siglo XX, los velorios develan una sociedad generosa, solidaria, que comparte los hechos de la vida y de la muerte en comunidad; respetuosa de los ritos, creencias y supersticiones; donde las mujeres juegan un rol fundamental, y donde las tareas se realizan en conjunto. Prácticos y fieles. Una cultura que celebra los hitos de la vida, que come y bebe para festejar, ya sea un bautismo o un funeral.

A modo de ejemplo, veamos la descripción que se hace en Las sendas de la Patagonia del velorio de Urrutia, quien ha muerto en su campo cerca de Cochrane, y su familia está en Argentina. Don Luis, su patrón, al recibir la noticia comienza los preparativos…

… cuando le pidió a algunas personas que lo ayudaran con el velorio, acudió inmediatamente bastante gente y como es habitual alguien tomó el mando y rápidamente distribuyó las tareas: ¡Se podía velar al lado de la Posta de Salud, esa pieza ahora no se ocupa! ¡Hay que conseguir sábanas blancas! ¡No se olviden de conseguir las palmatorias para las velas! ¡Ah! Alguien que traiga unos clavos para colgar las coronas en la pared…

Esta especie de capataz, siempre esta presente en los velorios y cambiaba según la carencia de los familiares del muerto, era quien ponía el orden en medio de dolor, con  voz dulce pero enérgica, hacía prevalecer todos los ritos, desde sacarle los botones a la ropa (para que el alma no anduviera penando), hasta colocar un lavatorio con agua debajo de la mesa donde se vela al finado (para evitar que el cadáver se hinche).

Según la costumbre local el difundo era colocado sobre una mesa, con sus mejores ropas, si tenía familiares ellos se encargaban de comprar ropa nueva para el último viaje, el cuerpo era cubierto por una sábana blanca, mientras a toda prisa los carpinteros construían el ataúd, con la madera que encontraban a mano y que generalmente era facilitada por los mismos vecinos.

Por lo regular el papel de capataz lo tomaba una mujer, la que terminaba su tarea cuando el cadáver salía rumbo al cementerio. Entonces ella quedaba en la sala y ayudada por otra persona de buena voluntad sacaba de la habitación la mesa, los asientos y los accesorios utilizados, finalmente barría la estancia para que la muerte no se quedara en la casa.

Los varones que acudían a hacer compañía llegaban portando alguna botella de licor, para pasar el frío de la noche y las mujeres, luego de persignarse al entrar, dejaban alguna moneda sobre un plato dispuesto para ello, seguramente para comprar velas, la verdad es que nunca pude averiguar qué hacían con el dinero y quienes se los pregunté tampoco pudieron darme una respuesta.

Durante el día la gente entraba y salía del local donde se efectuaba el velorio, hablaba en voz baja, como temiendo interrumpir el sueño del muerto. Afuera, en algún galpón o un espacio cerrado con una lona se asaba la carne del vacuno carneado para la ocasión, allí se hablaba fuerte, se tomaba vino y se contaban anécdotas.

Al llegar la noche todo cambiaba. Las mujeres se agrupaban para hacer coronas con papel de volantín de diversos colores, las que luego amarraban a una varilla de sauce previamente torcida en forma circular. Una de ellas, con flores negras o blancas se colocaría en la cruz….

La hora avanza hasta que el sol estira somnoliento sus primeros rayos por la ventana. Comienza a llegar más gente mientras aquellos que han permanecido estoicamente despiertos toda la noche se marchan para cabecear un rato en su casa y volver a la hora en que el asado ya esté listo.

Tal vez alguien piense que ha habido una gran falta de respeto, que está malo eso de comer asado y contar chistes y adivinanzas, pero no es así, es el ritual, es la tradición, es parte de la cultura local. Las noches son largas y hay que buscar la forma de permanecer despiertos para acompañar al amigo.[1]

 

 

[1] Gómez Miranda, Rosa. Por las sendas de la Patagonia. RIL Editores, Santiago de Chile, 2010. Pp. 65-66.68