“PUES, AUNQUE SIN CAPILLA, UN CURA NOS BAUTIZÓ”

Nuestra región es accidentada, remota y extensa. Sus características geográficas la transforman desde su antiguo poblamiento en símbolo de dificultad y desafío. El clima, junto con la fisionomía del territorio aisenino, hacen que desde que se tiene memoria el traslado y los viajes desde la Región, o bien dentro de ella, hayan sido “cosa seria”, nunca un asunto del todo resuelto. Y para más, agreguemos el factor de la lejanía de los grandes centros demográficos nacionales. Si Chile ya queda lejos, más lo queda nuestra querida Patagonia, verdaderamente el finis terrae. Y como si fuera poco, no solo queda lejos, sino que además es un territorio vasto e inmenso, casi inabarcable, cuya población se encontró diseminada desde hace mucho en puñados de pobladores. Unos por aquí, otros por allá.

¿Cómo se desarrolló la vida eclesial en un contexto así? Pocos pobladores, nula o escasa existencia de caminos, pocos recursos… y, para más, pocos sacerdotes o misioneros. Si bien muchas familias y personas singulares portaban en su interior la llama viva de la fe, la vida eclesial formal, es decir, ligada a la Iglesia, a los sacramentos, al calendario litúrgico y a la doctrina de los pastores costó mucho en tomar forma a lo largo de la historia.

Los Siervos de María llegaron el año 1937 a instalarse en la Región. Con su llegada, la labor pastoral y catequética se intensificó y mejoró. Sin embargo, antes de su llegada, la vida eclesial de esta región dependía de la buena voluntad y las posibilidades del Obispo de San Carlos de Ancud, Chiloé. Desde Chiloé, entonces, venían sacerdotes cada un año, e incluso cada cinco años si hablamos del territorio más “interior”. Es así como, con la llegada del “curita” a un pueblo como Mallín Grande, se “ponían todos en la fila” y se impartían todos los sacramentos el mismo día. Bautismo, Primera Comunión, Confirmación y Matrimonios. Todos celebraban en una gran fiesta el “paso” de Dios por sus vidas. Niños ya grandes, jóvenes no tan jóvenes, y pacientes enamorados recibían la bendición del cielo el mismo día y después de una larga espera.

“Caballos, sulques y carros

por tuitos lados se veían

y los saludos crecían

entre copas y cigarros.

Y sacudiéndose el barro

pero con todo educao

dijo el cura: aquí he llegao

mandao por Dios soberano,para que sean cristianosy salvarlos del pecado.”

 

Te invitamos a escuchar la canción “Bautismo Campero” de Saúl Huenchul, que retrata de un modo cómico y pintoresco esta realidad tan propia de la historia de nuestra Región, en el siguiente link:

https://www.youtube.com/watch?v=tSBVsG-9-z4