Acompañamiento

El acompañamiento espiritual es acoger a los hermanos mostrándoles la Palabra de Dios y guiándolos con amor a Cristo y a ser Iglesia por el camino del Movimiento.

En el Movimiento entendemos por acogida: ver y adorar en la persona al mismo Cristo, abrir el propio corazón al amor hacia el otro, hacer espacio en la mente y en los quehaceres para escucharlo, y procurar atenderlo con los propios bienes en todo tipo de necesidades, tanto físicas como espirituales. En la acogida no ha de faltar nunca la Palabra, como dice san Benito: “leerán ante el huésped la ley divina, para que se edifique, y luego se le tratará con toda humanidad” (RB 53, 9).

Algunas personas se preguntan si no es propio de los sacerdotes la dirección espiritual y la respuesta es que no es exclusivamente. Lo que el Catecismo dice al respecto es que “el Espíritu Santo da a ciertos fieles dones de sabiduría, de fe y de discernimiento dirigidos a este bien común que es la oración (dirección espiritual). Aquellos y aquellas que han sido dotados de tales dones son verdaderos servidores de la tradición viva de la oración” (CIC 2690).

No es algo nuevo que laicos dirijan en la fe. Comenzando en la familia: “En esta especie de Iglesia doméstica (la familia) los padres deben ser para sus hijos los primeros predicadores de la fe, mediante la palabra y el ejemplo, y deben fomentar la vocación propia de cada uno, pero con cuidado especial la vocación sagrada” (LG 11).

Jesús en el episodio de la visión de Pablo, no le dijo él mismo lo que tenía que hacer, sino que lo mandó a Damasco donde Ananías se lo diría. Los Padres vieron en esto un ejemplo a seguir. Dios dirige con instrumentos humanos. Y en el caso de Ananías la Escritura nos enseña a un hombre del que sólo se sabe que era un discípulo, que tuvo miedo de hacer lo que se le decía, y que finalmente obedeció yendo donde Pablo con autoridad en nombre del Señor. Así se ha dado siempre en la historia de la Iglesia que unos cristianos- hombres y mujeres- guíen a otros, con el mismo san Benito que- sin recibir el orden sacerdotal sino en base a su experiencia- se transformó en maestro de muchos.

Esto es lo que ha sucedido con la gente del Movimiento. Hay miembros comprometidos que anuncian a Cristo en su colegio, en la universidad, en los tribunales, oficinas, y en todos los lugares que les son propios. Ellos deben instruir, enseñar y guiar a las personas que se acercan a ellos o que han sido puestas a su cargo, en su comunidad, porque Dios los ha puesto en eso.

Lo que importa es que esta acción apostólica de dirección espiritual se inserte adecuadamente en la Iglesia Jerárquica. A quien le toca discernir esto es a los pastores de la iglesia que lo hacen mirando los frutos: participación de los sacramentos, obediencia y amor a los mismos pastores y a la Iglesia, fe en el Magisterio etc.